01 agosto 2011

“Solo mi madre olía mejor que el pan recién horneado”

Este es una muy estimulante y aleccionadora entrevista que realizaron a Wu Pao-chun un famoso panadero Taiwanes que gano el famoso evento Masters de Panadería 2010, realizada en Paris, Francia; y cuyos inicios fueron duros y sumido en la pobreza.

Su vida ha sido siempre de lucha y perseverancia, y nos debe servir de ejemplo para todos los que hacemos empresa y que en algún momento decimos "querer tirar la toalla".

Este artículo que reproducimos aquí fue realizado por Gonzalo Pajares C. y publicado por el diario Peru 21 el día 01 de Agosto del 2011. 

Wu Pao-chun es un ejemplo de superación: de niño pobre y problemático pasó a ser el mejor panadero del mundo. Ha escrito un libro, tiene una fundación, acaba de abrir la mejor panadería que conocemos y, además, filman un documental sobre su vida.

“Competir en concursos como la Copa Mundial de Panadería, en Francia, me ha ayudado a mejorar mis técnicas, a mejorar la calidad de mi pan y, al hacer esto, a mejorar la panadería taiwanesa y la imagen de mi país en el exterior”, nos dice Wu Pao-chun, quien fue declarado en 2010, en París, el "Mejor Panadero del Mundo".

Conversamos con él en su novísima –y bellísima– panadería de la ciudad de Kaohsiung. Son las cuatro de la tarde y una inmensa cola de personas ya espera por el pan que saldrá del horno en pocos minutos. Wu Pao-chun se ha convertido en un orgullo nacional taiwanés, y gente de varios países viene a probar su famoso pan de ly-chee, con el que ganó la Copa Mundial de Panadería. Hacerle un retrato fue una proeza, pues apenas pisó la calle, cual Rolling Stone, fue abordado por cientos de admiradores. 

Tan célebre es que ya tiene libro autobiográfico y preparan un documental sobre su vida. Merecido reconocimiento a quien, como muchos peruanos emprendedores, venció a la pobreza a base de puro esfuerzo y talento.

¿Cómo se hizo panadero?
Yo era un niño problemático, no me gustaba estudiar. Por ejemplo, para leer las noticias básicas del periódico se necesitan conocer unos tres mil ideogramas, para leerlo de principio a fin, cinco mil… yo solo sabía 500. Hasta que un día conocí a un amigo y él me metió en el mundo de los panes. Curiosamente, por ser un trabajo muy duro, él se fue a los pocos días pero yo persistí. Así, la panadería se convirtió en mi tabla de salvación.

Usted se ha convertido en un ejemplo para sus colegas panaderos...
Se puede ser grande siendo 'solo’ un panadero. Llevó más de 20 años en este oficio y acabo de escribir mi autobiografía. Lo hice para reivindicar al panadero, para que ya no se lo siga viendo como un ignorante, como alguien sin futuro. Nuestro trabajo es muy duro. Yo recuerdo haber trabajado más de 15 horas por día en situaciones muy precarias, pero desde siempre supe que no quería terminar mis días pobre y olvidado, como antes les pasaba a los viejos panaderos.

Taiwán no es precisamente conocido por su pan...
Es cierto. El pan no era parte de nuestra cultura primigenia. La harina de trigo está siendo consumida poco a poco por los taiwaneses. El primero que se hizo tenía cebolla china y manteca de cerdo. Yo le he modificado, lo he adaptado a estos tiempos y he reemplazado la manteca por aceite de oliva. Es un pan simple, pero delicioso, siempre hecho con ingredientes del día.

¿Se dedica a hacer solo panes de "AUTOR", exclusivos?
No, no podría hacerlo. Yo vengo del pueblo y sigo creando para mi gente. El pan es básico y a mi panadería viene todo tipo de gente: aquel que busca el pan de cebolla china y el que desea mis creaciones especiales. Vendo entre 4 mil y 5 mil panes por día. Además, tengo una fundación para ayudar a los niños pobres y voy a formar una escuela de panaderos donde inculcaré lo que me ha enseñado la vida: que para triunfar hay que persistir y buscar la perfección.

Se preparó con mucho ahínco para ganar la copa mundial. ¿Cómo fue ese proceso?
Un día conocí a una europea, quien me habló del concurso mundial. Yo me dije: “Voy a participar, voy a ganar”, porque todo es cuestión de determinación, y me fui a Japón a aprender a hacer pan occidental. En 2008, cuando los taiwaneses fuimos segundos por equipos en el mismo concurso, me di cuenta de que a los franceses les encantaba el ly-chee, que es una fruta que nosotros consumimos y conocemos mucho. Entonces, me dediqué a desarrollar un pan con este ingrediente y gané (risas). Cuando llegué tenía mucha incertidumbre, pero la superé con actitud y con el espíritu de lucha que fui ganando día a día. Y aunque digan que los asiáticos no 'sabemos hacer pan’, yo soy una prueba de que es el esfuerzo lo que distingue a una persona, no su origen.

Tiene el título del mejor, ¿Ahora que viene?
Tengo un sueño. Viajar por el mundo, ir de pueblo en pueblo, de ciudad en ciudad –por ejemplo, conozco poco de América Latina, de Perú, pero quiero ir y conocer los famosos cereales andinos–, y crear un pan en cada uno de estos lugares, usando los ingredientes del lugar y siendo fiel a sus sabores y a su cultura, porque así de respetuosa es la gastronomía. Sucede que yo no creo en el egoísmo: creo un pan hoy y al siguiente día ya estoy dando a conocer la receta, porque el valor no está en la exclusividad sino en la masiva generosidad.

¿A Qué sabe el éxito?
A la fruta del dragón (risas). Es una fruta dulce propia de Taiwán. En realidad, el éxito consiste en poder ayudar a los demás. Mi felicidad es tener al mundo en mi corazón.

¿Hay algo que huela mejor que el pan recién horneado?
El sudor de mi madre. Le cuento: ella era una campesina que trabajaba en los cultivos de piña. Como tenía que trabajar duro y yo era el menor de ocho hermanos, me llevaba cargado en su espalda mientras estaba en la plantación, y como esta era de piña, mi madre olía a esta fruta. Antes odiaba la piña pues la asociaba con la pobreza, pero, hoy que mi madre no está, es un aroma que adoro y añoro, pues me la recuerda… por eso he creado un bizcochuelo de piña en honor a mi madre.

¿El pan engorda?
Sí, pero con cuidado y conocimiento se lo puede comer (risas).